16Nov/104

Larga Distancia

Era un día de esos atípicos y a la vez posibles únicamente en Santiago del Estero: el calor quemaba las gargantas a pesar de estar en pleno invierno. Para algunos, se trataba de la primera vez que iban a partir desde la nueva terminal de ómnibus, el orgullo de la provincia. Otros emprendían el proyecto de una nueva vida, con el horizonte puesto en la soñada Buenos Aires. Este último era el caso de Josecito. O más bien, el caso del de sus padres, que lo mandaban a la gran capital para cumplir con sus sueños truncos. José y Marta estaban casados hacía veinte años, cuando ella tenía quince y él veinticuatro. Sus hijos Josecito, Sonia, Anabel, y Joanna eran su razón de ser, su felicidad. Parada frente al ómnibus estacionado, Marta intentaba calmar a Joanna que no paraba de llorar y se ahogaba con su propia angustia. Tenía la cara pegoteada con mocos.  Sonia y Anabel corrían por los inmensos pasillos de la terminal y jugaban a que eran extraterrestres en una nave espacial. Más adelante José abrazaba a su hijo con emoción, pero Josecito no respondía al abrazo de su padre. Sus brazos colgaban a los lados. Su rostro no reflejaba nada. “Vas a estar bien, muchacho. Cuando llegués a la casa de tu tío Gerardo, nos llamás, ¿sí? Vas a ver que vas a hacer una buena carrera en la policía.”                                                                                                                                              El micro era lo que se dice “una cafetera”, sin baño ni aire acondicionado. Era lo que podían pagar. Parecía mentira que un micro así pudiera salir de esa terminal, tan blanca y nueva; tan moderna, que se veía como uno de esos estadios de fútbol donde se juegan los mundiales. La puerta se abrió. Los pasajeros y sus equipajes subieron uno a uno.  Josecito entró con la pesadumbre de quien no está convencido de su hazaña.  Se ubicó  en su asiento, el número 6, pasillo, el segundo a la derecha del conductor.  Miró hacia la ventanilla y trató de ver más allá de la cabeza de su acompañante. Su madre lloraba, con Joanna en brazos. Joanna lloraba, pero sin saber porqué. Las chiquitas seguían correteando por la terminal. Y su padre lo miraba con añoranza, pero con orgullo. Josecito no pudo responder. Nada parecía impresionarlo. El ómnibus arrancó. La ostentosa terminal comenzó a desintegrarse para convertirse en campos vastos y planos; un paisaje vacío. Ya no había vuelta atrás.  Josecito permaneció inmóvil, medio encorvado, con las manos juntas y apretadas entre sus piernas. Sudaba. Oía voces como murmullos que aceleraban junto con la velocidad del micro. Una velocidad accidentada, que daba tumbos. Un bebé lloraba con histeria; como su hermana Joanna, pero no era ella. Le molestaba, lo irritaba. El bebé gritaba y la madre no podía calmarlo. Tendría calor. No se podía respirar. A su lado, una viejita sostenía un rosario y rezaba y rezaba. De pronto, se detuvo. Abrió una carterita de cuerina marrón y sacó algo. Le tocó el hombro y le ofreció un bombón de fruta. Él negó con la cabeza. A su izquierda, del otro lado del pasillo, una parejita se acomodaba en su asiento y se besaba. Josecito los miró fijo. El chico se dio cuenta, “¿qué mirás?“ Jocesito, sin disculparse ni nada, volvió a girar su cabeza hacia adelante. Unos pibes jugaban al truco y tomaban cerveza. Se reían a carcajadas, pero nada tenía volumen para él. ¿Cuántas horas faltaban? No quería llegar. No quería vivir en lo de su tío, con sus cuatro primos, y su tía Viviana que cocinaba tan mal. No quería reencontrarse con ellos después de tantos años. No quería que manejaran su futuro. No creía en el futuro. Se sentía tan abombado que empezó a cantar para adentro para callar todas esas voces que parecían cotorras y le picoteaban la oreja. Cantaba una canción lenta, pero que cada vez sonaba más rápido y fuerte en su cabeza. Venía rápido, muy rápido y se le soltó un patín a él que era el rey de esta jungla, se le soltó un patín...Repetía siempre la misma parte, como si fuera un disco rayado. Cerró los ojos y se concentró en su música por completo, pero de pronto su cabeza se golpeó contra el respaldo. El micro se había detenido. “Ojalá se haya quedado”, pensó. Abrió los ojos y vio al chofer levantarse de su asiento con dificultad. Era un hombre muy gordo de pelo largo y camisa gris. Su pelo estaba mojado como si recién se hubiera dado una ducha y tenía la camisa pegada al cuerpo; le quedaba algo chica y dejaba ver sus enormes rollos flácidos. Dejó el motor en marcha y, con lentitud, se bajó del micro. Josecito lo miró extrañado. Giró hacia su ventanilla. La viejita de al lado también observaba cómo el chofer se adentraba en los pastos secos. Todos los pasajeros cuchicheaban; el bebé seguía llorando. Los que jugaban al truco seguían jugando, después de todo era natural que el hombre quisiera ir al baño. Josecito vio cómo el chofer se alejaba cada vez más, y hasta su figura se afinaba a la distancia. Vio cómo, de espaldas, se bajó los pantalones y se agachó en cuclillas. Algunos soltaron una expresión de asco. A él sólo le dio esperanza. Se levantó de su asiento y, sin mirar atrás, se sentó al volante. Arrancó sin saber a dónde ir, pero no a Buenos Aires, no a lo de sus tíos. No quería ser policía.

Archivado en: relatos 4 Comentarios
1Oct/100

Perro Ciego

En un pueblo de Estados Unidos…

−¿Qué pasa si un perro se queda ciego?, preguntó Walter a su mamá.

−Supongo que se sentirá perdido en la oscuridad.

El día anterior a su comunión, Walter llamó a sus cuatro mejores amigos y los invitó a su casa. Llegaron a la hora de la merienda. Era una tarde de sol y pocas nubes. La casa de Walter parecía el típico dibujo que los niños hacen de una casa: techo de tejas rojas a dos aguas, una puerta ovalada, ventana con cortinas blancas y chimenea; el jardín ya estaba preparado para la ocasión, con mesas y sillas blancas, y una pérgola dónde se oficiaría la ceremonia.

Primero llegó Rob, en sus bermudas cuadrillé y su chomba amarilla. Dejó su bicicleta contra la pared al lado de la puerta y tocó el timbre.  La madre de Walter salió a recibirlo. Le ofreció dejar su mochila en el perchero de la sala de estar, pero el chico agradeció con amabilidad y subió acelerado por las escaleras con su mochila al hombro. Al llegar a la habitación de Walter, tocó la puerta con tres golpecitos.

−Pasá,Rob.

Rob entró y puso su mochila sobre la cama de Walter. Abrió el cierre y, ante la sonrisa de su amigo, sacó una tijera y un punzón. Walter,  sentado ante su escritorio, dibujaba algo en un cuaderno.  Se  encorvaba para mirar bien de cerca el dibujo. Sus anteojos estilo culo de botella rozaban el papel.                                                         Al ratito llegó Mike. Parecía asustado. No hablaba. Sólo tarareaba una melodía difusa y constante. Golpeteaba el piso con el pie derecho, y sudaba en silencio. Sus amigos le preguntaron si estaba seguro de estar allí. El asintió con la cabeza, y, aunque con desconfianza, los otros aceptaron la respuesta.  Por último llegó Martin. Él era el más grande de todos. Tenía doce años y ya estaba por comenzar el primer año de la escuela media. Él usaba pantalones largos y una campera de cuero que le había regalado su abuela. Martin les contó que su madre había intentado revisar su mochila, pero que él había zafado de lo más tranquilo. Era uno de esos tipo que –aunque todavía chicos− no le temen a la mentira, ni le creen al castigo. Con grandeza, les mostró a sus amigos el kit de bisturí que le sacó a su padre cirujano del escritorio.                                                                                                                                                                                    Una vez que los cuatro estuvieron juntos, empezó la aventura. Hablaron en voz muy baja para que nadie los escuchara, ni siquiera las paredes. Mike seguía asustado y se alejaba de los otros tres. De pronto rompió el silencio y gritó que no podía. Walter se le tiró encima y le tapó la boca. Rob y Martin se reían a carcajadas, mientras desde abajo subían los ladridos de Salchicha y la voz de la madre de Walter que hablaba por teléfono. Corroboraba que todos sus seres queridos asistieran a la comunión de su hijo, quien se volvería una persona responsable.  En la calle nunca había mucho ruido, ni mucha gente, como era natural en la hora de la siesta.  De pronto, al escuchar los pasos de la madre que subía por las escaleras, los chicos dejaron de reírse y cuchichear, y se pusieron blancos como la nieve. La madre tocó a la puerta y entró, llevaba su perrito en brazos.                                                                                                                                                               −Querido, ¿Quieren que les prepare algo para tomar?

−No mamá, está bien, gracias. ¿Por qué no vas a caminar? EL día está tan hermoso y nosotros podemos cuidarnos solos.                                                     −Qué hijo dulce tengo. Voy a hacerte caso, me voy a pasear.

Salchicha bajó por las escaleras junto a ella, pero luego dobló hacia la cocina, moviendo su colita con felicidad.  Se oyó el golpe de la puerta al cerrarse. La madre se había ido. Walter salió de su cuarto y volvió con su perro en brazos y una sonrisa cómplice.

Archivado en: relatos Sin Comentarios
2Abr/100

Selenia y Dobrudjka

Selenia y Dobrudjka son dos ciudades vecinas. Viven tan pegadas que parecen hermanas. Y como hermanas, se pelean y se celan. Los habitantes de Dobrudjka envidian a los que viven en Selenia por el sol que los cobija. En Dobrudjka el cielo fue maldecido por un dios gris, y ahora a los dobrudjkenses se los conoce en el continente como “los papeles de calcar”, por sus pieles transparentes y sus venas en relieve. En Selenia, en cambio, se vive otro problema: las calles son de sal y, entonces, la mayoría de sus habitantes sufre de hipertensión. El sol rebota en la blancura inmaculada de la sal y pega saltitos disparatados que luego penetran en los poros de la gente. En Dobrudjka, las casas son de colores fluorescentes para combatir la tristeza del cielo. En Selenia, sólo se consumen comidas dulces. En Dobrudjka, hay una laguna con patos congelados desde aquella época en la que al sol se le decretó que saldría sólo de vez en cuando. Los selenos dicen que ellos les prestarían la luz y el calor agobiante a sus vecinos a cambio de sus animales. Los que viven en Dobrudjka crían perros siberianos que cuidan la frontera, y nunca trocarían a sus fieles guardianes. En Selenia, los niños nacen con tez blanca, pero cuando llegan a viejos su color es moreno como el azúcar.

Hace unos cien años, Selenia y Dobrudjka eran una sola ciudad. Una guerra de espanto y de hambre – como todas las guerras – las volvió contrincantes. Una cordillera alta como una infinita columna de jirafas las separa de otras ciudades. No hay océano que las bañe con su espuma y, por eso, la única forma de llegar es por el aire. Tanto en Selenia con en Dobrudjka hay pistas de aterrizaje. En Selenia, una familia descendiente de la burguesía campestre donó sus tierras cubiertas de sal al servicio del turismo y el crecimiento demográfico. En Dobrudjka, el turismo creció desde que comenzó el problema del cambio climático. Los viajeros recorren la “ciudad gris” y disfrutan del frío, sin preocuparse por los rayos ultravioletas. Ni en Selenia ni en Dobrudjka hay aduana. Una vez, un tipo se avivó y viajó con dos valijas repletas de  buzos de polar para Dobrudjka y protector solar para Selenia. Hizo tanto dinero que se puso una empresa en cada ciudad. En Selenia ya tiene una cadena de farmacias donde no sólo se vende protector solar, sino también, anteojos de sol, manteca de cacao, gel con aloe vera y cremas hidratantes. Además, importa un remedio muy efectivo para la hipertensión. En Dobrudjka abrió un shopping con calefacción y un sistema de sol artificial. Se dice que ahora el tipo es el dueño de estas ciudades y el empleador de todos sus habitantes. Esto nos hace pensar que, a pesar de ser dos ciudades solitarias y – salvo entre ellas – aisladas,  Selenia y Dobrudjka sufren de las mismas vivezas, los mismos oportunistas, y los mismos “Colones” que el resto del mundo.

Archivado en: relatos Sin Comentarios
30Dic/092

Dueño Alquila

Queremos una casa. Tenemos una casa. Pero queremos una casa nueva. Además no tenemos una casa. Alquilamos una casa. Bueno, no es exactamente una casa. Es un departamento.

Casi alquilamos uno nuevo. Sí, nuevo. Eso nos atrajo. Porque lo nuevo atrae; lo nuevo pareciera puro, prístino, virgen. Vas a ser el primero en todo. El primero en sentarte en el inodoro (y eso no es poca cosa). Pero en un departamento nuevo, o usado, limpiás el inodoro y listo. Sí, claro, pero lo nuevo obnubila, enferma. La belleza obnubila. La belleza despierta ansiedad e impaciencia. ¡Quiero ese departamento y lo quiero ya! Es como con las personas. Cuántas historias hay de gente que deja a otra gente por gente nueva y bella que después resulta vacía.

El departamento nuevo es bello y está vacío. Nos atrajo infinitamente llenarlo con nuestras cosas, con nuestros sueños. El departamento es nuevo y bello. Pero en la superficie. Ya tiene cosas rotas y de mala calidad. Ya está lleno de pretensiones falsas. El departamento tiene un dueño. No somos nosotros. Es otro, que no es nuevo ni joven, ni inocente. El dueño del departamento es tan vivo como viejo. No. Es más vivo que viejo. ¡No! Está vivo, pero no es vivo; es MALO.

Al dueño del departamento no le importan la belleza ni nuestros sueños; no le importa si cuidamos lo que es de él. El dueño del departamento no cree que seamos personas. El dueño del departamento cree que somos un baño sin usar; una pareja de inodoros para sentarse encima y cagar tranquilo.

Archivado en: relatos 2 Comentarios
18Dic/095

Vámonos. Vamos adonde las horas no quemen y el sol sea grande. Quiero hojas secas, besos de aire fresco, tu lengua sin restricciones. El tren nos puede llevar despacito, de a poco, para despegar de acá, de la selva de cemento, de la angustia pegajosa del alquitrán. Bajemos del tren, respiremos hondo, decididos, y caminemos. Encontraremos ratas de otros pueblos. Quizá la tierra se moje de golpe y mis pasos se ahoguen, se entierren. Quizás nos amemos, o nos odiemos, nos conozcamos como el río y el océano, y el pasto nos pique, y las arañas se vuelvan una amenaza, y el sol nos reviente, y las horas sean demasiado largas. Quizás. Probemos.

Archivado en: relatos 5 Comentarios
29Nov/093

planta1

De todas las plantas que me diste, esta es la que más me gusta. Porque se la robaste al desierto. Porque se nos cruzó en medio de una caminata que parecía eterna. Porque la encontré cuando no esperaba más que arenas incendiadas. Porque apareció justo para calmarme la sed. Como vos. Como nosotros.

Ilustración: Gaston Barrot

Archivado en: relatos 3 Comentarios
29Nov/090

uva warhol

Me miraba como una uva esperando que me deshiciera de sus semillas. Él quería que comiera su retina para así liberarse de nuestros recuerdos. Tanto abusé de su mirada que, despacio y sin advertirle, le devoré hasta el brazo.

Ilustración: Gaston Barrot

Archivado en: relatos Sin Comentarios
22Nov/090

hombre mono P1

La ciudad se viste de hombresmono, que son lo mismo, que amaestran perros y virtudes, que trabajan, caminan, saludan, sonríen...porque eso es lo que se hace en la ciudad.

Ilustración: Gaston Barrot

Archivado en: relatos Sin Comentarios
10Nov/094

Sus líneas y las mías...

espontaneas 09

Archivado en: relatos 4 Comentarios
6Nov/092

Clara

Oí sus pasos acercándose lentamente, templados, los sentí en las orejas y en la frente, como el rocío de un amanecer que madruga porque no tiene otra opción. Ella, con su vestido de flores, con su sonrisa de inocencia falsa caminó hacia mí. Le corrí la puerta de vidrio. La invité inseguro. Yo, que soñé tantos desvelos con ese momento, lo saboreé.

Te invito al Sur, vení conmigo, me dijo Clara con la sonrisa intacta.

Pero si el Sur está muy abajo y acá arriba no nos dimos ni un solo beso, por qué querrías viajar conmigo.

Para salvarte de mí, para que me odies de a poco y vuelvas a tu sentido común.

Archivado en: relatos 2 Comentarios