Las aves sin plumas
Hacia el sur. Es primavera. La que dirige es Clarisa. ¡Claro que tenemos nombres! Los seres humanos se creen que los únicos con derecho a autodefinirse son ellos. Nosotras somos, sentimos, volamos. Ahora volamos hacia el sur porque tenemos la costumbre de mudarnos para festejar que el cielo florece y, más abajo, la gente sonríe porque sí. Cada una hora vemos pasar un avión, esas grandes aves metálicas que la gente se imagina que nosotras imaginamos es un ave futurista, o un depredador de aves, o un ave defectuosa. ¡Nosotras no somos ignorantes! Un avión nunca podría ser un pájaro porque un avión no es libre. Un avión no se muda por gusto, va de lado a lado como un camión de carga. Se detiene en un camino llano, duerme, lo revisan, lo toquetean, y al otro día vuelve a trabajar. Nosotras no trabajamos, nosotras inspiramos canciones. Hay una hermosa que hizo Lennon con Yoko Ono, una muestra del verdadero amor. Porque: qué es la belleza sino el resultado del amor. Nosotras amamos bailar, y si a veces vamos en fila es para no perdernos, tentadas por la inmensidad. Tentadas por la soledad. Nosotras no cargamos peso. No cuidamos de nadie. No somos responsables. Sólo de nuestras plumas, que nos dan ligereza, nos hacen remontar vuelo y salir a nadar por el aire. La primera pluma que se me salga me mostrará que mi final está asomando. Y yo volaré rápido, rápido hacia el sol para descansar calentita antes de que las plumas se desprendan por completo y mi libertad se muera conmigo.
Texto escrito para Transfusiones de Ideas, proyecto de www.cruzagramas.com.ar, en base a una idea donada por Sj.
El Tiempo
¿Cuándo nace la noción del Tiempo? Recuerdo los viajes a Mar del Plata en el auto de papá. “¿Cuánto falta para que lleguemos?” “Diez minutos” “¿Diez minutos?”. Para un niño de pocos años, diez minutos es lo mismo que una hora, que una vida, o que cualquier concepto abstracto e inalcanzable. Por eso, ahora que recuerdo bien, mis padres, atentos a mi incapacidad de entender el Tiempo, me respondían “Menos que antes”. Pero, a medida de que pasa el Tiempo, de alguna manera, aprendemos que ciertos momentos del día sirven para cosas específicas, como comer; y que nuestras papilas gustativas nos piden tal o cual cosa, dulce o salado.
Estoy en el bar de la facultad. Mientras espero ansiosa el veredicto que me hará más o menos feliz que ahora, me contento con pedir dos medialunas. De las mejores medialunas que hayan comido en su vida. Sí, eso es indiscutible. El tipo del bar sabe cómo remediar un trago amargo.
Espero mi turno. La cola es bastante larga. Son las diez de la mañana, horario pico para desayunar. Casi llego. Le toca al de adelante. El pibe está loco. “¿Empanadas de qué tenés?”, pregunta. Hay que decirlo, la masa para empanada no es un sabor matutino. Aunque si pide de jamón y queso no estaría tan lejos de un tostado. OK, espero. El pibe toma la decisión: “dos empanadas de pollo, por favor”. Ahí es cuando todo se derrumba, y me vuelvo una pequeña niña desprovista de nociones abstractas. ¿Seré yo la que está equivocada? ¿El Tiempo es una convención a la que debemos traspasar? ¿Es real que la noche se hizo para soñar? ¿Es por eso que da tanta culpa el insomnio? Es eso, me acabo de dar cuenta. No dormir cuando todos lo hacen da culpa porque sabés que al otro día vas a ser un espárrago sin fuerza, hervido en la más sucia de las aguas.
El Tiempo adquiere esa figura temible por veloz, por ladrón de oportunidades. Se me van los minutos, tengo que correr, tengo que responder YA porque, si no, se va a enojar, o no me va a querer, o no me va a leer. Tengo que correr antes de que pasen los años y ni siquiera pueda caminar. El Tiempo es sentir el ruido a silencio. El Tiempo es morirse de calor en una noche de invierno y saber que, irremediablemente, la Tierra está cambiando. El Tiempo es un segundo, una sonrisa milimétrica que detiene un grito; un segundo de decisión, la de retar o comprender.
Valorar el Tiempo es hacer que lo importante se vuelva atemporal, y que lo intrascendente no detenga mi libertad. Dejar de sobrevalorar el Tiempo hace que me replantee imposiciones; y que, finalmente, pedir una empanada de pollo a las diez de la mañana no sea una locura sino una delicia original.
Soy curioso de alma y periodista de profesión, pero trabajo de otra cosa. Quizás esto explique mi entusiasmo por el caso que voy a contarles. Pasó hace cinco meses y tres días, si es que mi noción del tiempo no se ha visto afectada luego de aquel encuentro. Fue un domingo.
Ya había dado unas cuantas vueltas alrededor del parque Centenario y, tal vez, tuviera la cabeza mareada y la vista dispuesta a imaginar.
A un lado, en una laguna artificial que antes funcionaba de basural, una bandada de patos nadaba en fila india. Producían sonidos imperceptibles en el viento. Me pregunté si se sentirían felices, o si eso de dar giros cíclicos a la laguna sería tan aburrido como mi caminata.
Al otro lado, algo quitó mi atención de los patos: dos hombres.
Estaban sentados en un banco largo. Uno en cada punta. Los dos miraban hacia delante. Parecían concentrados en algo; quizá en la misma cosa.
El de la derecha tendría unos ochenta años. Era desgarbado, flacucho.
El más joven no se veía mucho más compuesto, pero todavía no se había encorvado. Su cabello había emprendido el camino hacia la calvicie. El otro ya era calvo, aunque conservaba una pelusa blanca que me recordó a mi abuelo.
Los dos tenían los pies como clavados en la tierra y las manos sobre la falda. Tenía aspecto de ser una posición que había sido incorporada con los años.
Por primera vez en mucho tiempo, mi mente se detuvo en una sola idea: esos dos desconocidos parecían estar imitándose.
Me acerqué con timidez y me senté en el medio.
El viejo tenía los ojos blancos y perdidos, aunque los enfocaba con cierta tensión que parecía que pudiera ver. Las pupilas casi imperceptibles y el contorno rojo de los párpados me dieron una profunda sensación de debilidad.
El otro fumaba cigarrillos negros. Aunque me daba náuseas el solo hecho de oler el humo que insistía en venir hacia mí, le pedí uno; sería una buena excusa para entablar conversación. Sacó un cigarrillo del atado que guardaba en el bolsillo delantero de la camisa, y me lo alcanzó. Me ofreció fuego.
Ensayé una pitada placentera y tosí un poco.
El viejo seguía con la mirada hacia la laguna, y los patos, y la gente que pasaba sin advertir nuestra presencia.
Y ellos, los dos hombres, no advertían la presencia del otro. Sí; eso fue lo que más me sorprendió durante la charla que vino después. Se interrumpían, se hablaban por encima como si no supieran que el otro estaba ahí.
- Qué lindo está el parque-, comenté para romper el hielo.
- Sí
- Sí -, y el viejo agregó, - el aire me refresca los recuerdos.
Giré la cabeza hacia él y le pregunté si estaba solo.
- Siempre -, contestó el viejo.
Y el más joven agregó:
- Estoy esperando a mi esposa
Me intrigaba cómo se las arreglaba el viejo, si hacía mucho que era ciego; pero creía que preguntárselo sería algo imprudente. Él pareció presentir mi curiosidad, y se me adelantó. Me contó que hacía treinta años había perdido la vista. Un día de primavera. Estaba en el parque sentado en un banco (quizás fuera el mismo banco) esperando a su mujer. Lo pasaría a buscar con el auto. Estaban entusiasmados. Tenían que ir a ver un terreno en … el choque… su mujer…él durmió inconsciente durante dos meses. A la nena…él se despertó…ciego.
El más joven no me dejó escuchar bien el final de la historia. Señaló los árboles nuevos, esos que a mí ya me habían llamado la atención. Parecía como si los hubieran plantado en ese mismo momento. No los recordaba así. Se veían más frondosos, más verdes.
El más joven sonrió. Yo lo miré. Sin darse vuelta me dijo que ése era un día especial.
- ¿Puedo preguntarle por qué? – todo lo que me daba curiosidad parecía imprudente, pero me animé. Qué podía perder. Quizá pasara un mal momento ante el enojo de un extraño, pero ese no era problema para un flamante periodista en busca de historias.
- ¿Por qué qué? -, preguntó el viejo.
- Sí, jovencito, no hay problema -, dijo el más joven.
- ¿Por qué es un día especial?
- Bueno, bueno, paciencia -, el más joven subió el tono.
Yo no estaba apurado, pero no dije nada.
- No es un día más especial que otros, no porque no vea los árboles. El dolor se huele.
- El jefe de Lucía, mi esposa, tiene una casa en…
- La mirada me quedó perdida acá adentro- el viejo se señaló el corazón.
- Y la vamos a ver en un rato…¿sabés muchacho, lo que soñamos con este momento?
- Mis ojos se fueron con ella
- Dice el tipo que está perfecta, nada para hacer, ni una mano de pintura.
- ¿Tiene una hija? -, le pregunté.
- Sí – respondieron los dos, - Rocío-.
- Qué hermoso nombre -, fui sincero.
- Sí -, lo eligió mi mujer. Era su nombre predilecto.
Los dos hombres estaban de acuerdo, hablaban al unísono y respondían lo mismo, como si lo hubieran ensayado.
Pensé en Rocío. Cuántos años tendría.
- Ahora está en el jardín - , dijo el más joven.
- Rocío es una gran piba, me cuida -, agregó el viejo.
De pronto, se escuchó el festejo de un gol. Pasaron unos chicos con camisetas de River Plate y una pelota. Llevaban una radio de bolsillo. Me llamó la atención el diseño de las camisetas; tenían un estilo “retro”.
El más joven hizo un comentario sobre la campaña del equipo.
- Qué bien que están jugando los muchachos.
- Usted es de River -, le pregunté con una afirmación.
- Sí -, contestaron los dos.
- Yo pensaba que les estaba yendo bastante mal.
- No, si este Labruna es un maestro -, respondió el más joven.
- Pero, Labru, ya está, eh, muerto, cuando yo era chico…mi, mi padre era fanático. – Miré al viejo en busca de ayuda. Pero ya no estaba.
El más joven pareció no prestarme atención. Sonreía. Hacia nosotros, se acercaba una mujer hermosa. Tenía el cabello bien oscuro. Usaba pantalones amplios y una campera de cuero.
- Un gusto, jovencito. – El más joven se paró y se fue con Lucía. Desaparecieron entre los árboles.
Pasó un hombre escuchando la radio. Le pregunté cómo iba el partido. Me dijo que no jugaba nadie, que tendría que esperar hasta el domingo.
Nota de la autora: Si a alguien se le ocurre un título para este cuento, ¿me avisa? Gracias. Jan.
Reencuentro
Hola, soy Emir. Mi padre todavía me llama Emirito, como cuando coleccionaba bichos bolita y lloraba si alguno se iba de esta tierra. Los bichos bolita también mueren, como todos los seres. Cuando murió mi madre, nos mudamos a un departamento en la ciudad de Buenos Aires. Mi padre, triste y desconcertado, no sabía dónde poner la cantidad de objetos que teníamos en nuestra gran casa, frente al río Nilo. Ante mi asombro, la muerte no dolió tanto como el desapego. Tuve que dejar muchas cosas: mis primeros libros, mis patines con rueditas de look femenino y, lo que es peor, el frasco de yogurt brillante de limpio donde guardaba mi colección de bichos bolita.
Antes de irnos, me aseguré de que se sintieran cómodos, ahora resguardados por la madre tierra, en la humedad de su vientre. Me fui con la garganta rasposa de tanto llorar, pero con la certeza de volverlos a ver.
Hola, soy Emir, tengo cincuenta y cinco años, y trabajo en mi propio laboratorio. No vivo de esto, pero esto me da vida. Ya con la entera habilidad de leer, a mis ocho años de edad, aprendí a buscar en el diccionario. “¡Entomología!”, a eso había dedicado los mejores años de mi vida. A eso me dedico, y eso me devolvió la sonrisa. Ayer, a través de la lente de mi microscopio, vi reflejada mi propia imagen. Mis tupidas cejas egipcias, mis labios finitos casi imperceptibles, mi nariz aguileña, mi mirada de lince. Pero no vi mis arrugas. No vi el paso del tiempo. Pareciera que del otro lado del microscopio estuviera yo, pero más joven. Asombrado, corroboré que el diafragma estuviera regulando la luz en la forma debida. Corregí el foco. Y volví a observar. Allí estaba, a imagen y semejanza de quien años atrás lo había criado, un bicho bolita que me observaba con dulzura y me devolvía la esperanza de quien encuentra un objetivo más allá de saberse mortal y efímero.
Escribí este texto para Transfusiones de Ideas (un proyecto de www.cruzagramas.com.ar), en base a una idea donada por Emilse Macebo "Szarlotka". La idea es: "Un entomólogo observa al microscopio a un insecto que le enviaron desde Africa. El insecto tiene la cara del entomólogo. ¿Serán parientes?"
TREINTA
...Y sí, los problemas de ayer ya quedaron lejos. Pero los de hoy llegaron triunfantes para unirse al toque necesario de incomodidad cotidiana.
Hoy tengo mi examen de manejo. ¿Me querés decir para qué voy a perder un día en esa pelotudez? Porque es un día completo que te lleva: te tenés que aprender las leyes de tránsito, que si te guiño cuando doblo, que si pasás vos o paso yo, y otra sarta de inutilidades, al menos para mí que no pienso practicar...Y no, ni siquiera tengo auto.
¿Para el futuro?
Pero si cuando pueda comprarme un auto ya no me voy a acordar de cómo se manejaba. No, no, no. No es como andar en bicicleta o flotar en el agua. Es mucho más complicado, por eso te toman examen o te cobran un fangote de guita para la coima. Claro, por eso.
La gente te lo pide “tenés que aprender a manejar”. Es un imperativo. Tenés que aprender a manejar. El día de mañana te va a servir para llevar a los chicos al colegio, a los cumpleaños… ¿Cómo? ¿No sos casada? ¡No, no SOY casada!. Otro mandato. SOS casada, sos casada, así como si fuera una característica intrínseca, como ser alto, bajo, o sufrir de tos crónica, cosas que uno no elige, ¿viste? ¡No, señores! Casarse es un ESTADO. Hoy me caso, mañana me separo…
Entonces, tenés que: saber manejar, casarte – sí o sí, no importa con quién -, tenés que tener un título universitario y experiencia, mucha experiencia en el amor. Digo, muchos hombres en tu haber. Antes de casarte, por supuesto, válgame dios.
Pero, che, eso es tan ridículo como cuando a los chicos de veinte años le piden experiencia en una entrevista de trabajo. Es lo mismo, tengo treinta años, ¿cuánta experiencia querés que tenga? No no no, no comparemos con la juventud de hoy en día, yo era una santa. ¡Ah! Porque eso también tenés que ser: una santa. Pero eso, toda la vida.
Yo todavía no me recibí, no tengo ni tuve nunca una pelopincho, no me casé ni encontré el amor de mi vida, no me acosté con tantos tipos, no empecé ningún tratamiento contra la celulitis y, ¿sabés qué? No tengo auto, así que hoy me quedo acá. ¡¡¡Al examen de manejo no voy nada!!! Me quedo tomando mate, reflexionando y haciéndome problema por cualquier otra cosa.
Debería decir algo. No se puede ser tan ajeno cuando se participa de una conversación. Mientras él habla, yo muevo la cabeza como si le estuviera prestando atención, pero sólo oigo palabras sueltas, y las hilo con otras que dan vueltas por mi cabeza. Las uno como a los eslabones de una cadena. Las asocio por sonido, por categoría semántica, y sintáctica, por palabras extrañas…Él no lo sabe, pero yo estoy jugando. Y estoy muy divertida. Siento como, de golpe, las comisuras de mis labios se ensanchan formando una leve sonrisa, de esas que aparecen con los pensamientos de deseo, y quizás él crea que me está conquistando. Y mientras mueve su boca hinchada de anécdotas que no importan, mis ojos hacen irremediable foco en el resto amarillento y sólido de mayonesa que se salió del sándwich para aterrizar en sus labios carnosos. Me habla de su micro-emprendimiento de no-sé-qué, de sus viajes, y yo sólo pienso que con él no iría ni a la esquina, que en cuanto nos digamos adiós en la puerta del bar, si te he visto no me acuerdo.
La pareja de la mesa de al lado planifica sus vacaciones, se ven felices. Y los de atrás, qué bien, discuten sobre Buffalo 66, una de mis películas favoritas. Debería disculparme y cambiarme de mesa. Después de todo, quién dijo que una primera cita deba durar hasta el final. Aunque por respeto, quizás tenga que quedarme un rato más, asintiendo con la cabeza. Ni bien pueda, lo interrumpo, le aviso lo de la mayonesa, y me voy.
Hace días que llueve, y eso alimenta a bocados de oso hambriento el estómago vacío de mi soledad. Espero que pronto pare de llover, que mi techo de chapa detenga su orquesta de gotas saltarinas. Espero que pare. Espero que llegue. Espero tranquila. A veces. Y cuando no, ¡sigo buscando!
Dueño Alquila
Queremos una casa. Tenemos una casa. Pero queremos una casa nueva. Además no tenemos una casa. Alquilamos una casa. Bueno, no es exactamente una casa. Es un departamento.
Casi alquilamos uno nuevo. Sí, nuevo. Eso nos atrajo. Porque lo nuevo atrae; lo nuevo pareciera puro, prístino, virgen. Vas a ser el primero en todo. El primero en sentarte en el inodoro (y eso no es poca cosa). Pero en un departamento nuevo, o usado, limpiás el inodoro y listo. Sí, claro, pero lo nuevo obnubila, enferma. La belleza obnubila. La belleza despierta ansiedad e impaciencia. ¡Quiero ese departamento y lo quiero ya! Es como con las personas. Cuántas historias hay de gente que deja a otra gente por gente nueva y bella que después resulta vacía.
El departamento nuevo es bello y está vacío. Nos atrajo infinitamente llenarlo con nuestras cosas, con nuestros sueños. El departamento es nuevo y bello. Pero en la superficie. Ya tiene cosas rotas y de mala calidad. Ya está lleno de pretensiones falsas. El departamento tiene un dueño. No somos nosotros. Es otro, que no es nuevo ni joven, ni inocente. El dueño del departamento es tan vivo como viejo. No. Es más vivo que viejo. ¡No! Está vivo, pero no es vivo; es MALO.
Al dueño del departamento no le importan la belleza ni nuestros sueños; no le importa si cuidamos lo que es de él. El dueño del departamento no cree que seamos personas. El dueño del departamento cree que somos un baño sin usar; una pareja de inodoros para sentarse encima y cagar tranquilo.
Vámonos. Vamos adonde las horas no quemen y el sol sea grande. Quiero hojas secas, besos de aire fresco, tu lengua sin restricciones. El tren nos puede llevar despacito, de a poco, para despegar de acá, de la selva de cemento, de la angustia pegajosa del alquitrán. Bajemos del tren, respiremos hondo, decididos, y caminemos. Encontraremos ratas de otros pueblos. Quizá la tierra se moje de golpe y mis pasos se ahoguen, se entierren. Quizás nos amemos, o nos odiemos, nos conozcamos como el río y el océano, y el pasto nos pique, y las arañas se vuelvan una amenaza, y el sol nos reviente, y las horas sean demasiado largas. Quizás. Probemos.

De todas las plantas que me diste, esta es la que más me gusta. Porque se la robaste al desierto. Porque se nos cruzó en medio de una caminata que parecía eterna. Porque la encontré cuando no esperaba más que arenas incendiadas. Porque apareció justo para calmarme la sed. Como vos. Como nosotros.
Ilustración: Gaston Barrot

Me miraba como una uva esperando que me deshiciera de sus semillas. Él quería que comiera su retina para así liberarse de nuestros recuerdos. Tanto abusé de su mirada que, despacio y sin advertirle, le devoré hasta el brazo.
Ilustración: Gaston Barrot


