Los peces
Este soy yo, un puñado de recuerdos. De niño, en el tiempo de los monigotes, me dibujaba en detalle, resaltando la carne y puliendo los huesos. Así, con años de adelanto, y por adelantado, conocí la atracción.
Camino a la escuela por la avenida principal del pueblo, me persiguió, una vez, el halo de un fuerte perfume. Debía ser caro, importado, pero para mi olfato se sentía hediondo, penetrante como la resaca del encuentro de gatos callejeros en la esquina de mi casa.
Como todo lo que trae contradicciones, ese olor, o aroma, me tomó de la nariz y me indicó un camino. Lo seguí sin pensar. No tenía nada más divertido para hacer, sólo ir a la escuela a hacer cuentas matemáticas y copiarme en la prueba de geografía. Preferí evitar ese momento. Me creí más valiente escapando que engañando a mi maestra.
Las calles de mi barrio de la infancia estaban siempre limpias, impecables. No había huellas de barro ni envoltorios fuera de lugar. Eran calles solitarias, y en la oscuridad de las mañanas de invierno andar solo daba escalofríos. Esa mañana hacía frío y yo estaba solo, pero la atracción del perfume me envolvió en valentía.
Por miedo a perderlo, apuré el paso, dejando en el camino algunas gotas de sudor y la bufanda de mi abuelo. Me gustaba usarla y sentirme cerca de él. Me detuve con intención de volver a buscarla pero, mientras lo meditaba, noté cómo el perfume se escurría entre la brisa húmeda. Entonces me animé al arrepentimiento y abandoné la bufanda. Quizás volver fuera lo correcto, pero seguir mi camino, sin duda, me haría hombre. No podía perder la oportunidad.
En la odisea no me crucé más que con una pareja de enamorados. Tenían el pelo mojado. Pensé que estarían locos; sólo los locos podían bañarse de mañana. A mí me resultaba imposible. También me pregunté cómo sería tener una novia, ¿sería el fin de los juegos de varones?, ¿debería olvidarme de mi colección de bichos? Si de eso se trataba, no estaba dispuesto a probar.
Me di cuenta de que ya había caminado un largo tramo cuando las gotas de sudor se habían agrupado, convirtiéndose en agua que, combinada con el frío, me hacían temblar hasta los dientes.
De pronto, mis zapatos rozaron un tipo de tierra clara, mojada: arena, ¿arena? Ante mí, una playa desconocida, mágica, abría su mar y me invitaba a pasar. Me quedé contemplando ese azul que, con el sol, encandilaba. Vacilé y me pregunté sin respuesta cuál de los peces llevaría ese perfume.
Bar
Bar y después
ELLA
Entré en el bar, y lo vi. Él me miró, y yo empecé a creer en el amor a primera vista. Respondí con timidez: bajé la cabeza y enfilé para el baño. Me acomodé la ropa, me pinté los labios, y practiqué unas muecas seductoras. Me salían bien.
Me senté a una mesa y, con el gesto que se logra con el dedo gordo y el índice, pedí un café. El mozo asintió.
Él también pidió un café; lo supe por el gesto. Le sonreí. Me sonrió. Nos reímos. Con una de mis muecas seductoras, lo invité a que se acercara, y enseguida estuvo al lado mío. Mis manos temblaban sobre la mesa. Y, de pronto, sus manos temblaron sobre las mías. Me llevó suavemente hacia él. Nos abrazamos. Mi cuello quedó trabado en su boca y se empapó de calor. Mis manos aterrizaron en su espalda, en su pecho, y comenzaron a deslizarse descontroladas, traviesas, borrachas. Sus manos jugaron intrépidas sobre mi piel de invierno, sensible e incolora. Y nosotros cumplíamos obedientes nuestro papel de desconocidos que saben del placer de lo efímero.
Nuestros cafés se enfriaron.
Nos desatamos con rapidez. Él corrió su silla hacia atrás, se acomodó la ropa y volvió a su mesa. Pagó y se fue. Yo me fui detrás de él. Salí a las calles vacías. El viento me quitó su perfume. Lo olí en el aire y respiré rabia. Me sentí muy sola. Es que en la noche, la soledad se hace más oscura, y la luna es tan inútil.
ÉL
“Qué buena que está”, pensé cuando la vi. No me acuerdo si era rubia o morocha; pero sí sé que entró pavoneándose como una loba. Claro que cuando le clavé los ojos, se acobardó. Así son las mujeres: cuando las buscás, bajan la mirada.
Debo admitir que a los pocos minutos, me sorprendió: volvió del baño con los labios pintados; un rojo furioso me invitó a besarla. Y ella también me invitó. Me sonrío. Le sonreí. Nos reímos.
Me levanté, agarré mi café y me fui a sentar con ella. Arrimé mi silla, acerqué mis piernas a las suyas, me incliné hacia ella y la envolví en mis brazos. Olía tan bien. Le besé el cuello, la cara, las manos; la acaricié sin permiso; se soltó en silencio.
Nuestros cafés se enfriaron.
Me alejé de ella con la misma complicidad con la que minutos antes nos habíamos presentado. Nos presentamos sin nombres. Nos despedimos sin besos.
Salí del bar apurado, respiré el viento libre del invierno y me refugié aliviado en la soledad de la noche.
Triste
Retrato de esta tristeza,
Tristeza: gotas de sal,
Sal: arte de angustia,
Angustia: dolor de “algún día”
Día: luz que muere al renacer
Renacer: volver en silencio
Silencio: voz de la luna
Luna: mujer que envidia al mar
Mar: desahogo en olas de sal
Sal: dolor en gotas
Gotas: caricias húmedas en el rostro
Rostro (al menos hoy): retrato de la tristeza.
Y si…y por qué…
Me preguntaba qué significaba ser masón y por qué nadie me respondía con claridad, y si las casas venían con ese olor que se repite en la memoria cada vez que uno entra; y si yo podía ser yo y otra u otro al mismo tiempo, o en otro tiempo; y si lo que pensaba me lo dictaba la yo conocida; si lo que decía lo elegía mi boca; si el corazón ya venía partido; si la luz existía para asustarme en su ausencia; si tragarme un estornudo me podía matar; si las cosas habían pasado antes que los nombres, que por qué la mesa era m-e-s-a y así con todo el diccionario; que si leía mucho sobre ovnis alguno me vendría a buscar; si la mamá de mi mamá y el papá de mi papá se podían casar; si las estrellas amanecían todas juntan, y por qué amanecían de noche; si el cielo tenía un límite y si el límite lo ponían los pájaros; si los pájaros se caían cuando estaban cansados o podían flotar en el aire; si les agarraban calambres; si el horizonte era una isla de alquitrán;
Si…
Y por qué…
Y si apretaba bien lo ojos y pensaba con fuerza “esto no va a pasar” no pasaba.
Y pasó,
Y así perdí mi inocencia.
Las nubes y las sombras

Cuando el sol y la tarde juegan, uno se puede pintar en cualquier lado. Como nosotros, que el otro día aprovechamos, y nos hicimos altos y enormes. Tan altos como la cima de los árboles (las llaman copas porque se ahuecan para tomar la lluvia). Y detrás de nosotros, un baile de ramas y hojas festejaba el invierno que no fue. Más allá, en el cielo, las nubes se divertían encontrándole forma a las sombras: una pareja que se besa, una bailarina, una isla con palmeras, una jirafa y un jirafo, un sombrero de paja, un velero en la noche, un cuadro de Dalí, un dios galáctico en la Tierra, una cruz, un molino de arroz, la bandera de Escocia…


