Doppelganger
Soy curioso de alma y periodista de profesión, pero trabajo de otra cosa. Quizás esto explique mi entusiasmo por el caso que voy a contarles. Pasó hace cinco meses y tres días, si es que mi noción del tiempo no se ha visto afectada luego de aquel encuentro. Fue un domingo.
Ya había dado unas cuantas vueltas alrededor del parque Centenario y, tal vez, tuviera la cabeza mareada y la vista dispuesta a imaginar.
A un lado, en una laguna artificial que antes funcionaba de basural, una bandada de patos nadaba en fila india. Producían sonidos imperceptibles en el viento. Me pregunté si se sentirían felices, o si eso de dar giros cíclicos a la laguna sería tan aburrido como mi caminata.
Al otro lado, algo quitó mi atención de los patos: dos hombres.
Estaban sentados en un banco largo. Uno en cada punta. Los dos miraban hacia delante. Parecían concentrados en algo; quizá en la misma cosa.
El de la derecha tendría unos ochenta años. Era desgarbado, flacucho.
El más joven no se veía mucho más compuesto, pero todavía no se había encorvado. Su cabello había emprendido el camino hacia la calvicie. El otro ya era calvo, aunque conservaba una pelusa blanca que me recordó a mi abuelo.
Los dos tenían los pies como clavados en la tierra y las manos sobre la falda. Tenía aspecto de ser una posición que había sido incorporada con los años.
Por primera vez en mucho tiempo, mi mente se detuvo en una sola idea: esos dos desconocidos parecían estar imitándose.
Me acerqué con timidez y me senté en el medio.
El viejo tenía los ojos blancos y perdidos, aunque los enfocaba con cierta tensión que parecía que pudiera ver. Las pupilas casi imperceptibles y el contorno rojo de los párpados me dieron una profunda sensación de debilidad.
El otro fumaba cigarrillos negros. Aunque me daba náuseas el solo hecho de oler el humo que insistía en venir hacia mí, le pedí uno; sería una buena excusa para entablar conversación. Sacó un cigarrillo del atado que guardaba en el bolsillo delantero de la camisa, y me lo alcanzó. Me ofreció fuego.
Ensayé una pitada placentera y tosí un poco.
El viejo seguía con la mirada hacia la laguna, y los patos, y la gente que pasaba sin advertir nuestra presencia.
Y ellos, los dos hombres, no advertían la presencia del otro. Sí; eso fue lo que más me sorprendió durante la charla que vino después. Se interrumpían, se hablaban por encima como si no supieran que el otro estaba ahí.
- Qué lindo está el parque-, comenté para romper el hielo.
- Sí
- Sí -, y el viejo agregó, - el aire me refresca los recuerdos.
Giré la cabeza hacia él y le pregunté si estaba solo.
- Siempre -, contestó el viejo.
Y el más joven agregó:
- Estoy esperando a mi esposa
Me intrigaba cómo se las arreglaba el viejo, si hacía mucho que era ciego; pero creía que preguntárselo sería algo imprudente. Él pareció presentir mi curiosidad, y se me adelantó. Me contó que hacía treinta años había perdido la vista. Un día de primavera. Estaba en el parque sentado en un banco (quizás fuera el mismo banco) esperando a su mujer. Lo pasaría a buscar con el auto. Estaban entusiasmados. Tenían que ir a ver un terreno en … el choque… su mujer…él durmió inconsciente durante dos meses. A la nena…él se despertó…ciego.
El más joven no me dejó escuchar bien el final de la historia. Señaló los árboles nuevos, esos que a mí ya me habían llamado la atención. Parecía como si los hubieran plantado en ese mismo momento. No los recordaba así. Se veían más frondosos, más verdes.
El más joven sonrió. Yo lo miré. Sin darse vuelta me dijo que ése era un día especial.
- ¿Puedo preguntarle por qué? – todo lo que me daba curiosidad parecía imprudente, pero me animé. Qué podía perder. Quizá pasara un mal momento ante el enojo de un extraño, pero ese no era problema para un flamante periodista en busca de historias.
- ¿Por qué qué? -, preguntó el viejo.
- Sí, jovencito, no hay problema -, dijo el más joven.
- ¿Por qué es un día especial?
- Bueno, bueno, paciencia -, el más joven subió el tono.
Yo no estaba apurado, pero no dije nada.
- No es un día más especial que otros, no porque no vea los árboles. El dolor se huele.
- El jefe de Lucía, mi esposa, tiene una casa en…
- La mirada me quedó perdida acá adentro- el viejo se señaló el corazón.
- Y la vamos a ver en un rato…¿sabés muchacho, lo que soñamos con este momento?
- Mis ojos se fueron con ella
- Dice el tipo que está perfecta, nada para hacer, ni una mano de pintura.
- ¿Tiene una hija? -, le pregunté.
- Sí – respondieron los dos, - Rocío-.
- Qué hermoso nombre -, fui sincero.
- Sí -, lo eligió mi mujer. Era su nombre predilecto.
Los dos hombres estaban de acuerdo, hablaban al unísono y respondían lo mismo, como si lo hubieran ensayado.
Pensé en Rocío. Cuántos años tendría.
- Ahora está en el jardín - , dijo el más joven.
- Rocío es una gran piba, me cuida -, agregó el viejo.
De pronto, se escuchó el festejo de un gol. Pasaron unos chicos con camisetas de River Plate y una pelota. Llevaban una radio de bolsillo. Me llamó la atención el diseño de las camisetas; tenían un estilo “retro”.
El más joven hizo un comentario sobre la campaña del equipo.
- Qué bien que están jugando los muchachos.
- Usted es de River -, le pregunté con una afirmación.
- Sí -, contestaron los dos.
- Yo pensaba que les estaba yendo bastante mal.
- No, si este Labruna es un maestro -, respondió el más joven.
- Pero, Labru, ya está, eh, muerto, cuando yo era chico…mi, mi padre era fanático. – Miré al viejo en busca de ayuda. Pero ya no estaba.
El más joven pareció no prestarme atención. Sonreía. Hacia nosotros, se acercaba una mujer hermosa. Tenía el cabello bien oscuro. Usaba pantalones amplios y una campera de cuero.
- Un gusto, jovencito. – El más joven se paró y se fue con Lucía. Desaparecieron entre los árboles.
Pasó un hombre escuchando la radio. Le pregunté cómo iba el partido. Me dijo que no jugaba nadie, que tendría que esperar hasta el domingo.
Nota de la autora: Si a alguien se le ocurre un título para este cuento, ¿me avisa? Gracias. Jan.


