9Mar/100

El Tiempo

¿Cuándo nace la noción del Tiempo? Recuerdo los viajes a Mar del Plata en el auto de papá. “¿Cuánto falta para que lleguemos?” “Diez minutos” “¿Diez minutos?”. Para un niño de pocos años, diez minutos es lo mismo que una hora, que una vida, o que cualquier concepto abstracto e inalcanzable. Por eso, ahora que recuerdo bien, mis padres, atentos a mi incapacidad de entender el Tiempo, me respondían “Menos que antes”. Pero, a medida de que pasa el Tiempo, de alguna manera, aprendemos que ciertos momentos del día sirven para cosas específicas, como comer; y que nuestras papilas gustativas nos piden tal o cual cosa, dulce o salado.

Estoy en el bar de la facultad. Mientras espero ansiosa el veredicto que me hará más o menos feliz que ahora, me contento con pedir dos medialunas. De las mejores medialunas que hayan comido en su vida. Sí, eso es indiscutible. El tipo del bar sabe cómo remediar un trago amargo.

Espero mi turno. La cola es bastante larga. Son las diez de la mañana, horario pico para desayunar. Casi llego. Le toca al de adelante. El pibe está loco.  “¿Empanadas de qué tenés?”, pregunta. Hay que decirlo, la masa para empanada no es un sabor matutino. Aunque si pide de jamón y queso no estaría tan lejos de un tostado. OK, espero. El pibe toma la decisión: “dos empanadas de pollo, por favor”. Ahí es cuando todo se derrumba, y me vuelvo una pequeña niña desprovista de nociones abstractas. ¿Seré yo la que está equivocada? ¿El Tiempo es una convención a la que debemos traspasar? ¿Es real que la noche se hizo para soñar? ¿Es por eso que da tanta culpa el insomnio? Es eso, me acabo de dar cuenta. No dormir cuando todos lo hacen da culpa porque sabés que al otro día vas a ser un espárrago sin fuerza, hervido en la más sucia de las aguas.

El Tiempo adquiere esa figura temible por veloz, por ladrón de oportunidades. Se me van los minutos, tengo que correr, tengo que responder YA porque, si no, se va a enojar, o no me va a querer, o no me va a leer. Tengo que correr antes de que pasen los años y ni siquiera pueda caminar. El Tiempo es sentir el ruido a silencio. El Tiempo es morirse de calor en una noche de invierno y saber que, irremediablemente, la Tierra está cambiando. El Tiempo es un segundo, una sonrisa milimétrica que detiene un grito; un segundo de decisión, la de retar o comprender.

Valorar el Tiempo es hacer que lo importante se vuelva atemporal, y que lo intrascendente no detenga mi libertad. Dejar de sobrevalorar el Tiempo hace que me replantee imposiciones; y que, finalmente, pedir una empanada de pollo a las diez de la mañana no sea una locura sino una delicia original.

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