El diario íntimo del diario íntimo de Clara
Querido amigo:
Así como los psicólogos necesitan analizarse con otros terapeutas, los diarios íntimos necesitamos desahogarnos con aquellos que saben escuchar sin dar consejos: nuestros colegas. Por eso te escribo.
Todo empezó bien. Clara me compró y así me liberó de la jaula de vidrio en la librería. Podría haber elegido una agenda. Es el temor de siempre. Las agendas y los diarios íntimos competimos y nos odiamos en silencio. Pero no; me eligió a mí. Y al elegirme, de alguna manera, juró contarme todos sus secretos. Prometió darme vida con su propia vida.
Un día escuché cuando su profesora de escritura le recomendaba una técnica que proponía un camino diferente hacia la expresión: cada mañana ella debería escribir sus primeros pensamientos del día. Antes de desayunar. Antes de estar realmente despierta. ¡Me puse tan contento! Quería saltar del escritorio y abrazar a la profesora. Esa noche dormí tranquilo y esperé ansioso que llegara la mañana.
Y la mañana llegó. Clara se levantó y, como una zombi, fue al baño. Como su profesora le había indicado, no debía hacer muchas cosas antes de ponerse a escribir, así que sólo se lavó los dientes y la cara. Después volvió a su cuarto, donde yo rechinaba mis páginas de los nervios que tenía. Era la primera vez que alguien me iba a contar sus secretos. Clara se sentó en la silla blanca de plástico, se acercó al escritorio y ¡tomó su cuaderno oficio! En ese momento, me sumí en la más profunda angustia, y pensé que irme al tacho sería mi única solución. Clara escribió durante media hora. Sin pausa. Y mientras ella escribía, el cuaderno de morondanga se reía a carcajadas. Clara no se daba cuenta, pero ¡ese cuaderno es un rayado! Al principio pensé que la pluma azul le estaría haciendo cosquillas, pero luego comprendí que el maldito se reía de lo que Clara le estaba contando.
Dos días después, mientras Clara estaba en el colegio, su madre entró en el cuarto. Barrió el piso, le pasó limpiador a los vidrios, hizo la cama y, por último, se acercó al escritorio. Acomodó los lápices de colores en la cartuchera, sacó las pelusas con un trapo seco, y me agarró. Me miró con una sonrisa tan amplia que tuve ganas de que ella también me viera sonreír. Con unas manos cálidas como sólo las madres suelen tener, me abrió, me miró con decepción, y me cerró de un golpe. Al instante miró de reojo hacia su izquierda. Allí estaba el otro. El cuaderno oficio. Lo tomó con esas mismas manos que minutos antes me habían conquistado, y empezó a leer. Sentí cómo una furia ciega comenzó a recorrerme. Ella sonreía, se reía, ponía cara de preocupada y suspiraba. Ella estaba husmeando en la vida privada de su hija. Yo no la hubiera dejado. El cuaderno, en cambio, le contó todo.
Más tarde me quedé dormido. ¿No te pasa que a veces, cuando sentís bronca o angustia, necesitás dormir? Yo quería olvidarme de todo y elaborar un plan efectivo para que mi dueña cambiara de idea y escribiera en mis hojas vacías. Me desperté por los gritos. Las dos mujeres de la casa peleaban como si quisieran la guerra. No pude escuchar las palabras exactas, pero imaginé qué era lo que pasaba.
Esa misma noche, Clara me sacó del escritorio y me llevó al piso. Se sentó contra la pared, me puso sobre sus rodillas, me abrió, tomó su lapicera de pluma azul, y me convirtió en su confidente. Escribió sin parar durante dos horas. Yo me emocioné con cada una de sus penas y festejé sus alegrías. Después de llenar quince de mis páginas, abrió el cajón de la mesita de luz, sacó un candado, una llave, y me cerró con cuidado. Sus labios dibujaron una leve sonrisa triunfal. Se levantó y me dejó sobre el escritorio, convencida de que yo nunca contaría sus secretos.
Por eso, querido amigo, te agradezco por leerme, pero sólo puedo contarte mis propios problemas. Todo lo demás es secreto profesional.


