11Jul/102

El parque en el espejo

Con pasos cortos y algo de esfuerzo, Martín se acercó hasta el baño. Abrió la puerta de madera, hinchada por la humedad, y entró. Ahí nomás lo vio: un parque encantado, si es que encantado significa mágico, distinto de los demás.

La entrada era una porción de tierra apenas sembrada con pastos pinchosos y negros; tan negros como el rastro que deja el fuego al apagarse. Había que tener cuidado porque una vez que terminaba ese pequeño campo, se llegaba a un estanque peligroso. Un hueco hacia el infinito; un pozo ciego. El estanque tenía forma de corazón incompleto, y se abría y se cerraba al ritmo de la respiración de Martín. Y al abrirse dejaba ver dos paredones blancos, más bien amarillentos, y bastante mal construidos: unos ladrillos más arriba; otros más abajo; y entre ladrillo y ladrillo, alambres de púa, ¡qué extraño! En el centro del estanque, un lodo rosado se movía como una serpiente bajo la hipnosis de su encantador. Y más atrás, en el fondo, donde los ojos se vuelven inútiles sólo se veía la oscuridad.

Si se lograba pasar el estanque, se llegaba a otra tierra apenas sembrada con pastos pinchosos y negros; esta vez, la parcela era más pequeña y alargada. Desde allí se podían tomar varios caminos: o se entraba a dos cavernas con paredes de peluche; o se seguía hacia arriba por una escalera empinada y sin peldaños. Si se elegía tomar el camino ascendente, se llegaba –despacito y con esfuerzo– a un campo mucho más grande que los anteriores, pero sin pasto, aunque sí había montañitas rojas con punta blanca que hacían del terreno una superficie imperfecta. A los laterales de la escalera empinada y sin peldaños, había dos piletitas con forma de almeja que se abrían y se cerraban, y mostraban una perla bien lustrada con un centro de algas verdosas.

Si se tomaba el camino inverso, la escalera empinada y sin peldaños se volvía un tobogán que llevaba con envión, hacia los costados, a dos pistas de skate, de color piel con lagunitas de alquitrán y las montañitas rojas con punta blanca. Si uno era un buen skater, y tomaba el camino correcto, terminaba en un circuito laberíntico con forma de oreja. ¡Oreja!

Así fue como Martín logró despertarse por completo y, con una sonrisa de estanque abierto, contempló su cara en el espejo.

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Comentarios (2) Trackbars (0)
  1. Creo antes de acostarse, Martín se había fumado unos pastos negros y pinchosos…
    ¡Qué imaginación! Un escenario muy loco. Tan loco como soñar despierto. Deberíamos hacerlo más seguido.
    Me gustó mucho
    Un beso

  2. ¡Gracias, Szarlotka!
    Hacía mucho que no escribía. Siempre viene bien un poco de magia.
    Besos grandes.


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