16Oct/094

Los peces

Este soy yo, un puñado de recuerdos. De niño, en el tiempo de los monigotes, me dibujaba en detalle, resaltando la carne y puliendo los huesos. Así, con años de adelanto, y por adelantado, conocí la atracción.

Camino a la escuela por la avenida principal del pueblo, me persiguió, una vez, el halo de un fuerte perfume. Debía ser caro, importado, pero para mi olfato se sentía hediondo, penetrante como la resaca del encuentro de gatos callejeros en la esquina de mi casa.

Como todo lo que trae contradicciones, ese olor, o aroma, me tomó de la nariz y me indicó un camino. Lo seguí sin pensar. No tenía nada más divertido para hacer, sólo ir a la escuela a hacer cuentas matemáticas y copiarme en la prueba de geografía. Preferí evitar ese momento. Me creí más valiente escapando que engañando a mi maestra.

Las calles de mi barrio de la infancia estaban siempre limpias, impecables. No había huellas de barro ni envoltorios fuera de lugar. Eran calles solitarias, y en la oscuridad de las mañanas de invierno andar solo daba escalofríos. Esa mañana hacía frío y yo estaba solo, pero la atracción del perfume me envolvió en valentía.

Por miedo a perderlo, apuré el paso, dejando en el camino algunas gotas de sudor y la bufanda de mi abuelo. Me gustaba usarla y sentirme cerca de él. Me detuve con intención de volver a buscarla pero, mientras lo meditaba, noté cómo el perfume se escurría entre la brisa húmeda. Entonces me animé al arrepentimiento y abandoné la bufanda. Quizás volver fuera lo correcto, pero seguir mi camino, sin duda, me haría hombre. No podía perder la oportunidad.

En la odisea no me crucé más que con una pareja de enamorados. Tenían el pelo mojado. Pensé que estarían locos; sólo los locos podían bañarse de mañana. A mí me resultaba imposible. También me pregunté cómo sería tener una novia, ¿sería el fin de los juegos de varones?, ¿debería olvidarme de mi colección de bichos? Si de eso se trataba, no estaba dispuesto a probar.

Me di cuenta de que ya había caminado un largo tramo cuando las gotas de sudor se habían agrupado, convirtiéndose en agua que, combinada con el frío, me hacían temblar hasta los dientes.

De pronto, mis zapatos rozaron un tipo de tierra clara, mojada: arena, ¿arena? Ante mí, una playa desconocida, mágica, abría su mar y me invitaba a pasar. Me quedé contemplando ese azul que, con el sol, encandilaba. Vacilé y me pregunté sin respuesta cuál de los peces llevaría ese perfume.

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Comentarios (4) Trackbars (0)
  1. Agostina Marzo 27th, 2009 (#):
    Es increíble el poder llegar a oir la voz de este niño, sentir el aroma del perfume que describe, literalmente ver la playa semioculta y los peces de colores. Creás muy buenos escenarios y las descripciones son tan precisas (no siento que sean exesivas ni escasas) que es imposible no ver o sentir lo que estás escribiendo.
    Espero seguir viendo más de tus textos aquí, ya que me consta que estás escribiendo buenos retoños que pueden convertirse en cuentos, sólo falta que les agregues tu imaginación y listo!

  2. Szarlotka Abril 4th, 2009 (#):
    Jan, mientras lo leia me senti como si fuera en un travelling, siguiendo cada movimiento de este chico. Pude ver y oler el escenario, y hasta sentir la humedad chorreando por la piel. Pude sentir la ansiedad y la angustia del personaje.
    No me gusta calificar con adjetivos, que en general suelen ser mezquinos. No me parece suficiente decir: buenisimo.
    Un saludo

  3. **VaNe** Abril 15th, 2009 (#):
    Al momento de terminar de leer, es que recordé que estaba leyendod. Al momento de poner nuevamente los pies en la tierra. Me encanta cuando eso me pasa! Al igual que Szarlotka y Agos olí, ví, sentí por este niño. Muy bueno!

  4. el fin de la infancia…. sucumbir al primer perfume que aparece camino al colegio ….Silentes


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